Cuando viajamos a una isla, solemos pensar que conocerla significa recorrer sus carreteras, visitar sus pueblos, caminar por sus senderos y pasar algunas horas en sus playas. Sacamos fotografías desde los miradores, buscamos restaurantes, descubrimos pequeños rincones y regresamos a casa convencidos de haber visto buena parte del destino. Sin embargo, en lugares rodeados por el océano existe otra realidad que permanece escondida para la mayoría de los visitantes, basta colocarse una máscara, aprender a respirar con un regulador y descender unos metros para descubrir que el paisaje continúa mucho más allá de la línea que separa la tierra del mar.
Creo que esa es una de las razones por las que el buceo resulta tan especial. No consiste únicamente en practicar una actividad deportiva o ponerse un equipo para observar peces, supone aprender a movernos dentro de un entorno en el que nuestro cuerpo funciona de una manera diferente. Tenemos que controlar la respiración, aprender a compensar la presión, acostumbrarnos al equipo y descubrir cómo mantenernos suspendidos en el agua sin movernos constantemente. Al principio prestamos tanta atención a todo esto que quizá apenas miramos alrededor, pero poco a poco aparece una sensación difícil de comparar con cualquier otra actividad realizada en tierra.
Lanzarote representa muy bien esta idea porque su identidad volcánica no termina en sus costas. La propia Reserva de la Biosfera de Lanzarote incluye entre los valores naturales de la isla sus fondos marinos someros y veriles, junto con volcanes, cuevas, acantilados y coladas volcánicas. Es decir, una parte del paisaje que explica cómo es la isla continúa bajo el agua, fuera de nuestra vista habitual, podemos pasar una semana recorriendo Lanzarote y descubrir muchísimo, pero bajar unos metros bajo la superficie nos permite observar otra parte de ese territorio que normalmente permanece oculta.
Bucear por primera vez impresiona más de lo que imaginamos
Antes de probarlo, es fácil pensar que bucear consiste simplemente en ponerse una botella de aire y comenzar a nadar bajo el agua. La realidad es bastante diferente, porque incluso las acciones más sencillas necesitan un pequeño periodo de adaptación. Respirar exclusivamente por la boca a través de un regulador puede resultar extraño durante los primeros minutos, además, llevamos máscara, chaleco, botella, reguladores, aletas y otros elementos que debemos aprender a utilizar antes de sentirnos realmente cómodos.
También existe un componente psicológico importante. Nuestro cerebro está acostumbrado a relacionar la respiración con tener la cabeza fuera del agua, así que sumergirnos mientras seguimos respirando con normalidad puede generar inicialmente cierta inseguridad. Por eso las primeras experiencias se realizan de manera progresiva y bajo supervisión, no se trata de demostrar valentía ni de bajar rápidamente a mucha profundidad, sino de aprender a sentirnos tranquilos mientras descubrimos cómo responde nuestro cuerpo dentro del agua.
Después llega un momento bastante curioso en el que dejamos de pensar continuamente en el regulador. Respiramos, miramos alrededor y empezamos a prestar atención al paisaje, entonces aparece realmente la experiencia. Para mí, esa transición entre estar pendiente del equipo y olvidarnos durante unos instantes de que lo llevamos puesto probablemente sea uno de los momentos más interesantes de aprender a bucear.
Un bautismo permite descubrir si realmente nos gusta
No todo el mundo que siente curiosidad por el submarinismo quiere comenzar directamente un curso completo. Podemos estar de vacaciones, querer vivir una experiencia diferente o simplemente preguntarnos cómo será respirar bajo el agua, para estas situaciones existen los llamados bautismos o experiencias de iniciación, pensados precisamente para personas sin experiencia previa.
En este tipo de actividad existe normalmente una introducción antes de entrar en el agua. El instructor explica cuestiones básicas relacionadas con el equipo, la respiración, la comunicación mediante señales y determinadas acciones que necesitaremos realizar durante la inmersión. Posteriormente, llega la parte práctica, siempre bajo supervisión, la idea es experimentar qué significa bucear dentro de unas condiciones controladas, no convertirnos en buceadores autónomos en unas pocas horas.
Es importante entender esa diferencia. Haber realizado un bautismo no equivale a disponer de una certificación completa, simplemente hemos tenido una primera toma de contacto. Si terminamos la experiencia pensando que queremos volver a sumergirnos, entonces podemos plantearnos realizar formación específica y aprender las habilidades necesarias para avanzar progresivamente hacia una mayor autonomía.
Las clases cambian completamente nuestra relación con el agua
Cuando decidimos pasar de una experiencia puntual a aprender realmente a bucear, las clases empiezan a cobrar sentido. Ya no basta con seguir al instructor y disfrutar del paisaje, necesitamos comprender qué estamos haciendo, cómo funciona nuestro equipo, cómo controlar nuestra posición dentro del agua y qué debemos hacer ante diferentes situaciones. La formación combina conocimientos teóricos con ejercicios prácticos porque ambas partes son necesarias para desenvolvernos con seguridad.
Desde el blog de Pro Dive Lanzarote se destaca que existen diferentes opciones para quienes quieren iniciarse en el buceo y continuar progresando, desde experiencias de bautismo hasta cursos Scuba Diver y Open Water, además de formación avanzada, especialidades, Stress & Rescue o Divemaster. Para quienes empiezan desde cero, el bautismo permite tener una primera toma de contacto mediante una inmersión supervisada, mientras que las formaciones posteriores incorporan progresivamente nuevos conocimientos y habilidades, una manera de entender el aprendizaje del buceo como un proceso en el que cada persona puede avanzar poco a poco según su experiencia y confianza dentro del agua.
Creo que precisamente ahí está una de las cosas que más confianza puede aportar a alguien que nunca ha buceado. No necesitamos llegar sabiendo utilizar el equipo ni conocer todas las señales, estamos allí precisamente para aprender. La tranquilidad llega cuando entendemos que nadie espera que una persona que se sumerge por primera vez se comporte como alguien que lleva cientos de inmersiones.
Respirar bajo el agua también se aprende
Respirar parece una acción tan automática que nunca pensamos en ella hasta que nos colocamos un regulador. Durante el buceo debemos mantener una respiración continua y tranquila, algo que inicialmente puede necesitar cierta adaptación, cuando estamos nerviosos, tendemos a respirar más rápido y eso puede aumentar todavía más nuestra sensación de inquietud.
Las clases ayudan a familiarizarnos con esa nueva situación dentro de un entorno controlado. Aprendemos que el regulador está diseñado para proporcionarnos aire cuando inspiramos y practicamos determinadas habilidades relacionadas con su utilización, también aprendemos qué hacer si se desplaza de nuestra boca y cómo recuperarlo correctamente.
Con el tiempo la respiración empieza a convertirse también en una herramienta relacionada con nuestra posición en el agua. Nuestros pulmones modifican ligeramente nuestra flotabilidad y aprender a respirar de forma tranquila contribuye a movernos de una manera más controlada. Al principio podemos sentir que subimos y bajamos sin entender demasiado bien por qué, después empezamos a anticipar esas pequeñas variaciones.
La flotabilidad es una de las habilidades que más sorprenden
Si observamos a un buceador experimentado, parece que está suspendido en el agua sin hacer prácticamente nada. Mantiene una posición estable y avanza con movimientos suaves de las aletas, cuando lo intentamos durante nuestras primeras inmersiones, descubrimos que conseguir esa aparente facilidad requiere bastante práctica.
Controlar la flotabilidad implica combinar diferentes elementos. Utilizamos un chaleco compensador, llevamos una cantidad determinada de lastre y nuestra propia respiración también influye, aprender a equilibrar estos factores permite mantenernos a una profundidad determinada sin subir o bajar constantemente.
Esta habilidad tiene además una enorme importancia cuando nos encontramos cerca del fondo. Un buen control nos permite observar el entorno manteniendo distancia y evitando apoyarnos innecesariamente sobre él, aprender a bucear también significa aprender a movernos dentro de un espacio que no nos pertenece y procurar dejarlo prácticamente igual que lo encontramos.
Las primeras clases enseñan mucho más que ponerse el equipo
Cuando alguien pregunta qué se aprende en un curso de buceo, la respuesta puede resultar bastante más amplia de lo esperado. Evidentemente, aprendemos a montar y utilizar el equipo, pero también necesitamos desarrollar habilidades relacionadas con la seguridad, la comunicación, la flotabilidad y la respuesta ante pequeñas situaciones que pueden producirse durante una inmersión.
Entre las cuestiones que suelen formar parte de la formación encontramos:
- Aprender a montar, comprobar y utilizar correctamente el equipo.
- Respirar con normalidad mediante el regulador y saber recuperarlo si se desplaza.
- Vaciar el agua que pueda entrar en la máscara sin necesidad de salir inmediatamente a la superficie.
- Controlar los ascensos y descensos de manera progresiva.
- Utilizar señales manuales para comunicarnos con nuestro compañero y con el instructor.
- Consultar el manómetro y controlar el aire disponible durante la inmersión.
- Trabajar la flotabilidad para mantener una posición estable bajo el agua.
- Aprender procedimientos básicos de seguridad y practicar determinadas situaciones imprevistas.
Muchas de estas habilidades forman parte del aprendizaje progresivo del buceo, desde las primeras experiencias hasta una formación más completa. Entre ellas encontramos el control del chaleco, la respiración bajo el agua, la recuperación del regulador, el vaciado de la máscara, la comprobación del aire disponible y la realización de ascensos controlados. Cuando las vemos todas juntas pueden parecer demasiadas cosas que aprender, pero en la práctica se trabajan poco a poco hasta que empezamos a realizarlas con mayor seguridad y naturalidad.
El curso Open Water supone un cambio importante
Para muchas personas, el Open Water representa el momento en el que dejan de considerar el buceo como una actividad puntual de vacaciones y empiezan a verlo como una afición. La formación proporciona una base de conocimientos y habilidades que permite obtener una certificación reconocida y continuar buceando dentro de los límites establecidos por la formación recibida.
Un curso de este tipo combina teoría, práctica de habilidades y posteriormente, inmersiones en aguas abiertas. No aprendemos únicamente leyendo un manual, necesitamos trasladar esos conocimientos al agua y repetir determinados ejercicios hasta demostrar que podemos realizarlos correctamente. Esta combinación resulta lógica porque comprender qué debemos hacer es importante, pero sentirnos capaces de hacerlo bajo el agua lo es todavía más.
Una vez terminada esa primera formación, aparece una sensación interesante: comprendemos cuánto hemos aprendido y, al mismo tiempo, cuánto nos queda todavía por descubrir. Para mí, ese es uno de los atractivos del submarinismo, obtener una certificación no significa haber terminado de aprender, sino disponer de una base desde la que podemos seguir acumulando experiencia.
Lanzarote se entiende de otra manera desde el fondo
Resulta difícil separar el buceo en Lanzarote del origen volcánico de la isla. En tierra observamos volcanes, campos de lava y paisajes que parecen pertenecer a otro planeta, bajo el agua encontramos también formaciones y relieves que forman parte de esa historia geológica.
Bucear nos permite mirar la isla desde una perspectiva completamente distinta. Podemos observar paredes, zonas rocosas y fondos que sirven de refugio para diferentes organismos marinos, dejamos de contemplar el océano como una superficie azul y empezamos a entenderlo como un espacio lleno de relieve, vida y cambios.
Quizá por eso considero que una persona que ha recorrido Lanzarote por tierra y después ha buceado allí obtiene una imagen mucho más completa del destino. No significa que tengamos que practicar submarinismo obligatoriamente para conocer la isla, evidentemente, pero sí que existe una Lanzarote submarina que resulta imposible apreciar completamente desde una playa.
No necesitamos convertirnos en expertos para disfrutar
A veces observamos fotografías de buceadores descendiendo a grandes profundidades o entrando en cuevas y podemos pensar que eso representa el verdadero submarinismo. En realidad, muchas de las mejores experiencias pueden ocurrir a pocos metros de profundidad y dentro de recorridos perfectamente accesibles para alguien con una formación básica.
No necesitamos buscar constantemente situaciones más extremas. Podemos disfrutar observando un fondo tranquilo, practicando nuestra flotabilidad o descubriendo especies que nunca habíamos visto, la profundidad no determina automáticamente la calidad de una inmersión.
De hecho, considero que aprender a disfrutar de lo sencillo es una de las mejores cosas que puede enseñarnos esta actividad. Durante cuarenta o cincuenta minutos podemos olvidarnos del teléfono, de las notificaciones y de prácticamente todo aquello que ocurre en la superficie, solamente escuchamos nuestra respiración y prestamos atención al lugar en el que estamos.
Mirar debajo del agua cambia nuestra forma de conocer un destino
Viajar consiste muchas veces en acumular lugares. Queremos visitar monumentos, playas, restaurantes y miradores porque sentimos que así aprovechamos mejor nuestras vacaciones, sin embargo, algunas experiencias consiguen que dejemos de contar sitios y empecemos simplemente a prestar atención.
Bucear produce precisamente esa sensación. Durante una inmersión no podemos mirar continuamente el teléfono ni correr hacia la siguiente atracción turística, tenemos un ritmo determinado por nuestra respiración, nuestro aire y el grupo. El tiempo parece funcionar de una manera diferente y quizá por eso recordamos con tanta claridad algunas inmersiones muchos años después.
Lanzarote puede conocerse recorriendo sus volcanes, visitando sus pueblos y contemplando sus playas, pero existe otra parte de la isla que empieza exactamente donde termina la tierra. Aprender a bucear nos permite cruzar esa frontera poco a poco, primero mediante una clase, después con nuestras primeras inmersiones y finalmente con la experiencia acumulada. Hay lugares que podemos visitar muchas veces y seguir descubriendo, algunos, simplemente, no terminamos de conocerlos hasta que nos atrevemos a mirar debajo del agua.








