Las disputas entre un jefe y sus empleados pueden ser bastante diversas y pueden dar lugar a situaciones que no son nada cómodas de gestionar. Estoy convencido de que muchas de las personas que os disponéis a leer este artículo habéis pasado por una situación similar desde cualquiera de los dos puntos de vista. En los párrafos que siguen, os voy a contar un caso concreto, el propio, del que he resultado ganador en los últimos días. Jure que no me iba a dejar pisotear y así actué hasta que he salido victorioso de un litigio contra la que era mi jefa (que ahora os contaré que lo ha dejado de ser y precisamente por este caso). Vamos allá.
La que era mi jefa creo que nunca fue un ejemplo de líder dentro de mi departamento. Ese departamento es de marketing y comunicación dentro de un negocio dedicado a la producción de alimentos como pastas o arroces. La empresa cuenta con varios miles de trabajadores, es un negocio grande y que ha tenido cierta reputación. Pero la que era mi jefa nunca ha llevado bien la presión. En cuanto la dirección de la empresa le ha exigido una mejora de las campañas de publicidad orientadas a mejorar la facturación del negocio, siempre se ha mostrado muy nerviosa y ha acudido a nuestro departamento a no parar de recriminarnos cosas y a exigirnos un trabajo que no podíamos realizar con los medios que teníamos (quería que usáramos inteligencia artificial para la producción de vídeos pero se negaba a pagar la herramienta de IA necesaria para llevarlo a cabo).
Los diferentes miembros del departamento intentamos hablar con ella para hacerle entrar en razón acerca de que con los medios con los que contábamos era imposible conseguir ese objetivo. Por toda respuesta, como ya podíamos suponer, encontramos frases que iban orientadas a decirnos que éramos unos vagos y que era mejor que espabiláramos si no queríamos perder nuestro empleo. Me pareció una absoluta vergüenza que nos respondiera en ese tono. Después de ese encuentro, hablé con el resto del departamento para tomar una decisión. Nadie estaba por la labor de protestar, para mi desgracia. Tengo que reconocer que me dio pena estar rodeado de gente tan dócil. Pero yo no seguí ese camino y me puse en contacto con los sindicatos que cuentan con representación en la empresa para trasladarles el asunto y emitir una queja formal.
La verdad es que no le tuvo que sentar nada bien que lo hiciera. Y, de hecho, no esperó a que los sindicatos le trasladaran la queja puesto que, al día siguiente de haber acudido a hablar con ellos, me despidió. Tuve que frotarme los ojos para comprobar que lo que estaba pasando era cierto. ¿Cómo era posible que me hubiese despedido justo después de haberme puesto en contacto con los sindicatos? La respuesta se me apareció minutos después, cuando recordé que en las oficinas hay cámaras de vigilancia. Aunque formalmente, en la carta de despido ponía que el motivo del mismo era “baja productividad”, yo ya sabía que eso no era así. Y estaba dispuesto a luchar para que se me readmitiera en la empresa.
Necesitaba demostrar que mi despido por “baja productividad” se había producido realmente por una queja formal que trasladé a los sindicatos en relación a las malas formas de mi jefa. Lo que hice fue ponerme en las mejores manos posibles para ello. Contacté con varios despachos de abogados y me decanté por Abogados en Santander porque disponían de un servicio concreto de impugnación y reclamación de despidos, así que sabía que contaban con la experiencia suficiente en casos que fueran muy similares al mío. Esa fue la primera piedra que coloqué para conseguir la readmisión en la empresa… y algo más que, si seguís leyendo, os contaré.
Desde el primer momento, los abogados me transmitieron toda la tranquilidad del mundo. Me preguntaron si existían pruebas que pudieran contradecir esa baja productividad de la que me acusaba mi empresa. Por supuesto que las había. Todos los días enviaba decenas y decenas de correos electrónicos, mandaba whatsapps de trabajo desde el móvil de empresa y también había un registro de llamadas que mostraba que todos los días estaba gestionando proyectos con proveedores y con otros departamentos de la empresa. Cuando les conté todo esto a los abogados, se reafirmaron: debía mantener la calma. Tener todo esto era una buena noticia, aunque nunca se puede dar una victoria por sentada en el terreno judicial.
Llevamos el tema a juicio, como no podía ser de otra manera. Y conseguimos poner de manifiesto la veracidad de todas las pruebas con las que contábamos y que demostraban que la supuesta baja productividad que me había echado en cara la empresa al despedirme no era tal. De hecho, el juicio tampoco se alargó demasiado tiempo y, aunque tengo que reconocer que los nervios me carcomían por dentro a la hora de escuchar la resolución del juez, la sentencia fue favorable a nuestros intereses. No solo me tenían que readmitir, sino que tenían que compartir una disculpa pública y abonarme una cantidad de dinero por daños y perjuicios. Salí victorioso del juzgado, con una sonrisa de oreja a oreja en los labios.
Y una sorpresa más estaba por llegar
Cuando me reincorporé, tenía una grata noticia por recibir todavía: como consecuencia de todo el proceso del que yo había salido victorioso ante mi empresa, esta decidió despedir a la que había sido mi jefa a causa de los métodos de los que os he hablado en párrafos anteriores. Lógicamente, la principal responsable de que la empresa hubiese tenido que readmitirme y haberme pagado una cantidad de dinero por daños y perjuicios era ella. Y eso terminó con su mandato en el departamento y con todo lo que tiene que ver con su relación con la empresa. Como seguramente estéis pensando, me alegré y mucho. Es lo que hubiese sentido cualquier persona en su sano juicio, qué queréis que os diga.
Un oasis en medio de la oscuridad
Así es como he definido a todo el proceso del que os he hablado a lo largo del artículo. Y es que, por desgracia, yo he tenido la fortuna de contar con el respaldo suficiente como para que me readmitieran. Pero no todo el mundo ha tenido esa suerte. Son muchas las empresas que se salen con la suya y que dejan a la gente en la calle por las cosas más increíbles que os podáis imaginar. Y esta es una cultura peligrosa, que nos afecta a todos y que haríamos bien en cambiar tan pronto como sea posible porque no habla bien de nuestro país y tampoco de nuestra economía.
En una noticia publicada en el diario El Economista se indicaba que más de la mitad de los despidos en España sale gratis para las empresas, principalmente por el hecho de que el 73% de los despidos que se producen llegan tras no superar el periodo de prueba. Ya sabéis que muchas empresas utilizan esto como una manera de tener a gente siempre a su disposición pero con la seguridad de que, en caso de despedirla, no tienen que remitir un pago por despido improcedente. Como suele decirse, una vez que se hace la ley, se hace la trampa. Es triste, pero es la realidad a la que hacemos frente día a día en España y también seguramente en otros países.
Y eso por no hablar de lo que apunta la noticia que vamos a compartir con todos vosotros y vosotras a continuación, que procede de la web Xataka. En concreto, la noticia señala que las empresas habían encontrado la forma de despedir a gente indefinida tras la reforma laboral: el despido disciplinario. En los dos años que siguieron a la llegada de la pandemia, el número de estos despidos se incrementó en más de un 62%, además de que, de los más de 341.000 despidos que se produjeron durante los primeros cuatro meses del año 2024, más de la mitad fueron disciplinarios. Como ya habéis podido leer más arriba, yo fui una de las víctimas de esto, aunque pude revertir la situación con la ayuda adecuada.
Hay que hacer todo lo posible para evitar situaciones como la que yo he vivido. Y la solución para ello no es la de permanecer con la cabeza agachada ante lo que dicten las empresas. Es necesario que los trabajadores y trabajadoras sepan que cuentan con un laberinto de servicios que les pueden servir de ayuda y que necesitan conocer. Muchas empresas viven de eso, de que sus plantillas desconocen todo lo relativo a sus derechos. Eso se tiene que acabar. Una sociedad no es libre si las personas que trabajan en ella no tienen derechos o no conocen las particularidades de estos. Y hay muchas más personas así de lo que creemos. Es hora de cambiar las cosas.








